Tiempo libre
Aquella mañana me había despertado convertido en un pájaro, un pájaro pequeño, como un colibrí, pero de una especie inexistente. No me extrañé de ello, ¿quien no se despierta de vez en cuando transformado en pájaro? Así que decidí aprovechar mi nueva condición y volé por mi ciudad, a ver lo que encontraba.
Volé sobre los parques, repletos de niños correteando (quien fuera niño), volé sobre las plazas repletas de ancianos que reían a carcajadas recordando sus aventuras de juventud (ojalá llegue ser uno de ellos), volé hasta Francia, Italia, la India, Japón… y siempre en todos y cada uno de esos lugares, me asombre de poder escuchar el dulce acento de mi lengua materna.
Pero entonces recordé que estaba muy lejos, no sabia cuanto tiempo permanecería en este estado, así que volví rápido a mi (ahora más que nunca) pequeña ciudad.
De camino a casa, me crucé con una cafetería en la que había pasado gran parte de mi juventud, no es que fuera un lugar muy interesante que visitar cuando se es pájaro, pero decidí entrar.
Sorprendido, pude ver que allí continuaban muchos de mis viejos amigos, era como si el tiempo se hubiera detenido en aquel lugar. Parecia que se divertían, jugaban a las cartas, a los dardos...
Por un momento me quede fascinado mirándolos y recordando aquellos tiempos en que era uno de ellos. Pero cuando llevaba allí un rato, noté que algo resultaba extraño. No hablaban, no se reían, solo miraban fijos al valet de cartas que se deslizaba ante sus ojos, sobre la mesa, y cuando cada una de las cartas había bailado su parte, las recogían y la hipnótica danza empezaba de nuevo. Pero nada más.
Entonces me di cuenta de que sólo parecían felices, no lo eran, pero tampoco parecían tristes. Simplemente, no eran.
Intente contarles lo que había visto por el mundo, lo que les esperaba si cruzaban la puerta de ese bar que parecía mantenerlos atados a sus sillas mediante alguna especie de maldición, pero no me entendieron. Claro, nadie entiende a los pájaros.
Con una desagraable sensación de impotencia me quede mirándolos unas horas con la esperanza de que, de alguna manera, sus pensamientos se impregnaran de los míos y consiguieran por fin abandonar aquel sombrío lugar. Pero no fue así, permanecieron mudos.
Abatido, abandone ese lugar sin poder hacer nada. Me resultó muy duro ver como algunas personas echan a perder su vida sin tan siquiera saberlo.
Yo, por suerte, aquella mañana había nacido pájaro.
